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Smallmouth Bass pura actitud

Por Nicolás Schwint

En cuanto mi amigo Jason me invitó a pescar smallmouth bass (Micropterus dolomieu) al río Grande Rhonde en el Estado de Washington (U.S.A.) no lo dudé ni un segundo, hacía rato quería ir a pescar específicamente estos chiquitos que pelean en forma desproporcionada. Había pescado steelheads en este río varias veces y siempre me fascinó, corre serpenteando por las montañas en medio de un paisaje que ninguna foto puede reflejar en toda su dimensión. En alguna oportunidad por casualidad había sacado algunos “smallies”, quedando impresionado por su potencia. Además, sabía que Jason entendía de esto y mucho, toda una vida de experiencia lo convertían en un as en la manga. El único detalle era que él nunca los había pescado con mosca, siempre con equipo de baitcast.

Busqué en Internet qué modelos de moscas podía usar y de paso tomé cierta referencia acerca del comportamiento de estos bass de boca chica. Uno de los tantos pro de Internet es que se puede encontrar toneladas de información sobre cualquier tema, está en cada uno saber filtrarla a gusto.

En base a esto y a una larga respuesta por mail de Jason describiéndome sus técnicas con jiggs y demás, decidí qué moscas llevar. Sanguijuelas y pescaditos clásicos con distintos tipos de alas (plumas, marabou y pelo) compusieron el ABC. También até pescaditos de los modernos usando bastante de la parafernalia de sintéticos, que están sumando y mucho. Quedaron bastante lindos, en especial con los ojitos caros tenían muy buena facha. De la reserva de moscas no atadas por mí elegí una letal para truchas creada hace rato por Mario Capovía: la Tío Cosa color negro. Lleve 2 de las 3 que me quedaban, reservando la última para algún viaje en busca de truchas gordas. En cuanto a equipo, llevé una caña 7 y varias líneas, aunque terminé usando solamente una Wet Tip con 10 pies de hundimiento tipo III rematada en un leader cortito.

Fue un día de esos en que por alguna misteriosa razón se veían animales por todos lados, muchos ciervos, un par de coyotes caraduras que no se espantaron, pavos y diversos rapaces de vuelo altivo. A la pasada frenamos en la casa de fin de semana de Jason frente al Snake, me tuvieron que endulzar el oído con lo que vendría para que no bajase a la playa a pescar ahí nomas. Durante todo el camino que bordeaba el Snake River y luego el Grande Rhonde fui pescando mentalmente, manteniendo el hilo de la conversación en piloto automático (y eso que saltaban escamas para todos lados con cada frase). Las ganas de pescar eran tremendas, como siempre, no se si será bueno o malo pero me ha traído amigos y permitido conocer lugares alucinantes. Al llegar, luego de andar un rato por un camino de ripio medio malo que se desviaba del camino principal, tardé en armar todo. Jason tenía su equipo listo en la caja de la camioneta, sólo cargó unas pinzas además de unas bolsitas con muñequitos de goma en el bolsillo de su camisa. Caminamos unos diez minutos por un senderito lleno de arañas de tamaño más que respetable, era sólo una cuestión de circunstancias y motivaciones ya que de ver una de esas dentro de casa hubiese rociado todo con Raid hasta que los frascos sólo largasen gas sin veneno alguno.

El pool era bien grande, dividido en dos canales por una islita en su cabecera, bien hondo y arremansado en la junta para seguir hacía abajo como una recta pareja que se hacia honda con un veril bien marcado. Mientras todavía miraba el pool, Jason en el remanso ya había sacado tres y Lorraine otro en la cola del pozo. Me escurrí en medio de los dos y salí con una Platinum Blonde. Ni bien pegó la vuelta en la deriva tuve un toque, empecé a recoger para acelerar la mosca tipo huída y atrás vino el león. Pensé que tenía clavado algo de un par de kilos hasta que apareció un chiquitín que no pasaba el medio kilo, de locos. Creí tener todo resuelto pero los tiros venideros fueron en vano. Cambié a una Clouser Minnow chartreuse y pasó lo mismo; saqué uno al traer la mosca y después nada más. Algo estaba haciendo mal porque Jason me pintaba la cara con su cañita de baitcast, cada vez que miraba lo veía en plena acción. Recogí y me fui a ver qué hacía; tiraba apuntando ligeramente río arriba, dejaba hundir y seguía muy atento la deriva. Cuando tenía un toque, y no un pique firme, apenas movía el jigg, esperaba a sentir el pique firme para clavar, tipo carnada. Tratando de retener los conceptos principales del éxito de mi amigo caminé río arriba y crucé a la isla para pescar el canal más tranquilo desde el otro lado. Para completar el refresque cambié a una Tío Cosa negra. Lo que siguió fue vértigo, usé esa primera mosca hasta que no le quedó ninguna pata, era tiro-pique, después até la que quedaba pero duró poco; enganché en el fondo y la perdí. Que fea sensación fue quedarme sin “la” mosca en pleno frenesí de pesca.

Tratando de superar el bajón puse una Fuzzy Bugger, mi razonamiento fue que al menos esta tendría algo del “mojo” de la otra. Bajé del Maxima de 10 lb que venía usando a 2X de Río para que la mosca trabajara mejor y la até con un lacito. Tonto y re tonto porque tuve un corte violento ahí nomás, había un par de troncos hundidos donde automáticamente buscó refugio y ganó. Volví al Maxima y empecé a pescar más tranquilo, bajando las revoluciones. Fue como si me hubiese sacado las anteojeras porque aparecieron ante mis ojos todo tipo de pescaditos, inclusive un par de sculpins que de no moverse hubiesen sido invisibles contra el fondo. También pude ver que había suckers y carpas bien grandotas patrullando no muy lejos mío. Los bass se dejaban ver poco, solamente cuando atropellaban contra los forrajeros, un deleite a la vista. Era esa paz contemplativa que uno tiene cuando pesca mucho o nada. Para cuando perdí mi última Fuzzy ya tenía dominada la técnica, consistía en derivar la mosca por el fondo, esperar el toque y ahí mover la mosca muy poco con la punta de la caña para incitar la tomada. Seguí con los pescaditos modernos que pulsaban bien, con éstos los piques eran muy violentos pero más raleados.

Me llamaron para cambiar de lugar y asentí con gusto, prefería recorrer y conocer más, aún a riesgo de no pescar. El siguiente pool al que fuimos era recto y parejo, haciéndose hondo en forma gradual hacia el lado de enfrente. El vadeo era placentero; pantalón corto, agua arriba de veinte grados y mucho calor afuera. Ahí clavé mi mejor pescado del día, bien en la parte honda. Peleó muchísimo, buscó cortar en cuanta piedra había y hasta saltó afuera del agua como sus primos de boca grande, zapateando en superficie. Era atigrado, extremadamente lindo, hasta le di un beso a lo Jimmy Houston antes de liberarlo. A las dos y media de la tarde bajó al río un grupo de bighorn sheep, eso marcó el cambio de modalidad a spinning, pero no viene al caso describir lo que hice con el “heavy metal”. Al rato me quedé dormido en la costa hasta que me despertaron para volver.

En base a mi experiencia sólo la boga y el pira-pita tienen reservas de energía comparables a las del smallmouth bass dentro de las especies consideradas de aguas templadas (aclaro que por suerte todavía me faltan pescar unas cuantas). Poco tienen que ver con los largemouth en cuanto a hábitos y ambiente donde viven, los primeros están en lugares “ataruchados” y de yapa toman moscas en superficie con espíritu similar a nuestra querida, pero desgraciadamente maltratada, Hoplias. Los smallies son implantes en los ríos del oeste de los Estados Unidos, siendo su lugar de origen el este del país. Estos son ríos trucheros, típicos freestones, cuando el agua levanta temperatura durante el verano mandando a las truchas a lo hondo de los pozos aparecen estos gladiadores para copar la escena. Definiendo al bass de boca chica en una palabra ésta sería sin lugar a dudas: “actitud”.

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