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Patagonia, Santa Cruz y un lago inolvidable

por Enrique Gómez

En un lago de difícil acceso, bello y brutal como el paisaje que lo contiene, pescamos las truchas mas grandes de nuestras vidas.
La pesca tributa tanto para la vida, que relatar unas capturas mas o menos buenas, es como faltarle el respeto a tantas vivencias y momentos extraordinarios. Quien me interprete, compartirá conmigo, o descubrirá en su momento, la felicidad que ofrece la naturaleza en una relación plena, quizás la mas completa, en la vida de los pescadores.

La entrada a la Patagonia
La vista perdida sobre el asfalto impecable de la ruta que traza una línea sobre la planicie de colores pasteles, marrones y amarillos, apenas alterados por algún que otro caldén – guardianes del último verde o soldados de avanzada que se perderán en el desierto – me parece mas descriptivo para describir la entrada a la Patagonia.
Patagonia gigantesca con límites de ríos y desiertos que se marcan en su sequedad.
Imposible recorrerla sin sentir el sufrimiento de quienes la viven, y mucho más, imaginar a quienes creen que la domaron.

¿Dónde empieza?
¿Cuál es mas Patagonia, la que va pegada al mar o la que muestra el resultado de los movimientos telúricos que formaron las eras del planeta, o la belleza fría de la cordillera?
¿Hay una Patagonia o son varias?
¿La belleza que muestra en milenarios bosques con ríos de aguas azules es mas hermosa que la agresividad austera del desierto?
¿Que es Patagonia mas allá del nombre inventado por el hombre?
Patagonia es lo que representa en el alma de cada uno que la recorre, en las intenciones de aquel que sufre o la disfruta, en la realidad que impone con su crudeza y en lo que trasmite con silencios, con aullidos del viento, con distancias y soledades, con animales salvajes que conviven en ella y que comparten con el viajero las matas en la que se ocultan las maras y los ratones. Es el cóndor girando aburrido su vuelo planetario en un cielo nuboso aprovechándose del viento que lo eligió para mecerlo.
A medida que la camioneta avanza, las ciudades, como lunares que el hombre le impuso, surgen pujantes y explotadoras. Se ve el resultado de lo que ella ofrece incondicionalmente y por supuesto se muestra orgullosa, soberana, aunque parezca perdedora ante la invasión de semáforos, asfaltos, carteles, camiones interminables y autos nuevos. Su naturaleza desborda a todos los esfuerzos del hombre con su ambición y pequeñez.

Los que la habitan se muestran orgullosos al sentirse parte de tamaña geografía.
Entre el azul del mar, enloquecido y generoso, y el paisaje pajizo con bardas y cerros chatos, aparecen Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia, San Julián y ya entrando al continente, entre guanacos y ñandúes, cercanos y huidizos, Gobernador Gregores. Des-pués de reventar una goma en el camino, entendemos porque en un pueblo tan pequeño hay tres gomerías en cuatro manzanas.

El paisaje nos consume
Unas luces se acercaron al alambrado. Una Toyota nos señaló el camino hacia la construcción principal de la Estancia Pecho Blanco. Llegamos al Río Chico que nos acompañó, paralelo al camino que nos trajo desde Gregores, y lo cruzamos.
El río de unos treinta metros de ancho amedrentaba por su caudal, opaco y gris, alimentado por lluvias recientes. Julio cuando vio que el vehículo de adelante se metía sin dudar, simplemente siguió la marcha como arrastrado por la decisión.
Tomamos unos mates, traspasamos nuestros bolsos y comenzamos un increíble camino, sin huella, de veintiocho kilómetros. La huella se perdía entre piedras sueltas y salientes. Apenas se la distinguía por la dureza del piso. Caminando al lado de la camioneta hubiésemos hecho, por trechos, la misma velocidad de recorrido.
Piedras desplazadas y apiladas a los costados, mostraban el perfil del camino invisible. Todo el plano que alcanzaba nuestra vista era chato con matas y coirones que parecían surgir entre piedras arrojadas arbitrariamente por algún Dios en un ataque de furia. Colinas negras aparecían, las alcanzábamos y desaparecían en barrancas aún mas accidentadas.

El lago se hizo realidad
Hasta aquí, el lago era para nosotros solo una mancha celeste en un mapa agotado de tanto mirarlo. Era sensaciones de vida futura, escenario imaginado solo con glorias y placeres pescando, era la sede de fotos de amigos sonrientes mostrando truchas extraordinarias. La realidad estaba apagando lo imaginado con una cuota de sorpresa y temor.
Como una continuidad del cielo apareció allá abajo el Lago Strobel con toda su grandiosidad. Parecía que estábamos mirando el cráter de un volcán que nos mostraba, en lugar de su profundidad amenazante, una superficie azul delineada por pequeñas bahías, playas oscuras y montículos de rocas negras algunas, y con rocas blancas otros. Al llegar, se descubre desde la meseta, una depresión inmensa que va suavizándose hasta llegar al lago. Como no lo había sido el camino hasta allí, bajar de la meseta al llano tampoco fue fácil. Una barranca elaborada para bajar la camioneta caía en una picada de treinta cinco grados que terminaba en una curva de dos maniobras y se metía en una barranca mas corta de igual peligrosidad. La camioneta en baja y la experiencia hicieron de esos dos obstáculos un trámite, pero de este recorrido, esta bajada a la depresión del lago, es lo mas exigente para el vehículo.
Llegamos. El viento, incomodo compañero de nuestros días, se aplacaba allí por el plantado estratégico de las edificaciones.

Estamos pescando
Nos cambiamos, y a pesar del viento y la lluvia, fuimos a unas bahías donde los colores del lago marcaban el veril. El lugar es agradable. Playas de arena oscura se dejan marcar por el agua del lago, que se agita o no, en el lugar de acuerdo al viento. En este caso lo teníamos de espalda. Por detrás de la playa el terreno es benigno, no muestra demasiadas matas o arbustos y se nota su ascenso cada vez más complejo hacia la meseta. Estas bahías eran suaves. El veril estaba apenas a diez metros de las playas. Decidimos pescar con streamers, líneas de fondo, líderes cortos y finales 0 X o mas. Cañas para línea 8 y reeles que admitían esas líneas y un buen backing. Pescamos dos horas ese día y Julio se volvió amargado por que tuvo una Arco Iris que le atragantó el almuerzo. Yo no estaba para fotografiarlo, ni para ser testigo de esa primer captura y antes que me diera cuenta, se le fue. Sus lamentos eran porque la había visto saltar dos veces y la tuvo a metros de lograrla.
Sin dudas, en ese momento, era la trucha más grande que había tenido, en su vida, en la punta de su caña.
Castear no era fácil a pesar del viento de espalda. Tenía un leve sesgo hacia la izquierda y estaba tremendo en su fuerza, lo que imposibilitaba el “back cast”. Cargaba mi caña con la mosca sobre la cabeza o apenas detrás. Luego, cuando lograba terminar el lance equilibradamente la mosca alcanzaba, más o menos, los veinticinco metros que tiro normalmente.
Tardamos mucho en decidir ir a pescar a la tarde. El tiempo estaba lluvioso y el viento había aumentado. Julio desistió y yo quise llegar al lago desde la casa, pero el desconocimiento del terreno y su rudeza me hicieron volver.
Había llegado hasta la orilla, luego de bajar con la incomoda ropa de pescador. Ya no estaba en las cómodas bahías en la que había pescado en la mañana. El viento, por el sitio al que alcancé, estaba totalmente lateral e incomodaba mis lances. Quise llegar a una posición mas cómoda detrás de unas rocas que se introducían al lago y en el traslado, trabé el pie entre unas piedras y casi me caigo con riesgo a romperme la pierna. Me asusté y volví, pensando que con diez años menos jamás se me hubiese ocurrido hacerlo, y el miedo que sentí no se habría cruzado por mi cabeza. El Strobel me había descubierto las limitaciones de la edad.

A la noche llegaron nuevos compañeros, Luis Cortez, Martín Pacheco y su guía Martín Arizmendi. Venían de sufrir el Gallegos con pocas capturas. Luis ya conocía el lago, por haber estado el año pasado, por lo que solo dio buenas noticias y predijo buena pesca para el otro día. Así fue.

La mejor jornada
Todos juntos fuimos a pescar a las Bahías y una tras otra salieron las Arco Iris soñadas. Todos sacamos entre cuatro y cinco truchas cada uno. Eran más grandes que las que nunca había sacado.
Los compañeros que nos tocaron fueron excepcionales. Luis, un pescador de aquellos que no pierde por nada su concentración y Martín, con menos técnica, un tesonero luchador que solo saldría del agua con una trucha o el brazo dislocado.
Una buena cena y una mejor sobremesa culminaron la jornada.
Al día siguiente nos separamos. Ellos fueron a un pedrero que estaba en frente de las bahías y nosotros volvimos al mismo lugar porque era más cómodo y menos arriesgado. No logramos sacar lo mismo que a la mañana pero por supuesto lo que salió del agua fue igual o mejor. Ellos al volver dieron noticias de que el agua en el lugar se veían mas transparentes que frente a las bahías, de mejores tamaños las capturas y había dificultad para el lanzamiento de la mosca. Había complejidad al traerlas por las piedras dispersas en el lecho anterior al veril del lago. El ocasional sitio para lanzar o para culminar las capturas era realmente incomodo y necesitaba de equipos poderosos, astucia y concentración.
En cantidad no pescaron mucho más que nosotros, pero la calidad de las truchas que nos mostraron había mejorado nuestras capturas.

Las luces y sombras del final
Ese día, el último para nosotros, estuvo frío, muy frío y ventoso. Las nubes, plomizas al norte e iluminadas en su extensión hacia el sur, se extendían como un gran manto de congoja. El lago, de un azul furioso alternaba con pequeñas olas blancas que salpicaban una levisima bruma que se esfumaba a cada segundo. Al atardecer, a pesar de ese acongojado cielo dominador, en la costa este, rocosa y acantilada, el sol extrañamente lo iluminaba. Como si sus rayos penetraran paralelo al suelo demostrando que ni ese ambiente hosco y grandioso podía con su poder infinito. Alumbraba el frente del lago como una pincelada amarilla que atentaba a la visión general del cuadro azul y gris que nos envolvía.
Julio llama. La caña arqueada y el cuerpo atento ante una trucha peleando en el veril. Quizás la última de nuestro viaje. Dejé mi caña y mientras me acercaba para sacarle algunas fotos, un grupo de avutardas y una bandada de chorlitos levantaron vuelo nerviosos por mi desplazamiento. En el final de la planicie detrás de las bahías, justo donde comenzaba a alzarse el terreno y las matas se cerraban, un zorro gris cruzaba, lentamente con pasos cortitos, sin prestarnos atención. La línea de luz en la costa enfrentada era cada vez más fina y pálida, y las nubes, aplastadas por la noche, se sumaban al cosmos de Julio y su trucha. Cuando gatillé la máquina sabía que nunca podría lograr contener todo lo que veía y sentía en ese momento. Lo único que quedaría sería la concentración de julio en su faena, el lago y el cielo gris, todo lo demás me lo llevaría conmigo y sería parte de la poesía de lo que escribiera. Al fin salió una hermosa Arco Iris, y nuestra última jornada terminó graficada en la foto de Julio sonriendo con ella que aprovechaba en su blancura la última luminosidad del día y el postrer momento de un viaje que nunca podremos olvidar.

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