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Doña Elena Koller de Julián

por Juan Roselli

El 15 de julio de 2003 falleció doña Elena Koller de Julián. Dueña de la Hostería Chimehuín, junto con su marido don José Julián e indisolublemente unida a los albores de la pesca con mosca en la Argentina, nos toca con  Morena Quirno Lavalle (MQL), al Bebe Anchorena (BA) y a mi (JR), a pedido de las autoridades de la AAPM, despedir a doña Elena. Hemos coincidido en no hacer meramente una necrológica. Menos aun una recopilación de datos, con fechas certeras o nóminas completas y sin olvidos de personas que frecuentaron o visitaron alguna vez la Hostería. Fue tanta la actividad de doña Elena y el paralelo de su vida con la pesca con mosca y tan grandes sus esfuerzos para hacernos placenteras nuestras pescas, que nos hemos permitido contarles anécdotas, recuerdos y personajes de su historia.

JR  Nos alojamos en la Hostería Chimehuín por primera vez con mi mujer y mi hija, nacida dos meses atrás, a comienzos del año 1978. Don José Julián, ya enfermo, mantenía su personal dedicación y vigilancia. Sin embargo, al frente de todo estaba, como hasta el fin de sus días, ella, doña Elena. Supe de miradas penetrantes por las mañanas por parte de otros pescadores, hoy mis grandes amigos, como si me estuvieran diciendo: ¿vos sos el de la habitación donde está una recién nacida?; en realidad me estaban diciendo que a cada tres horas mi hija se dedicaba con regularidad a despertar con sus llantos a toda la Hostería.

Eran tiempos de famosos, de los mejores sin duda. Se alojaban allí personajes como el Bebe Anchorena, Jorge Donovan, Morena y Horacio Quirno Lavalle, Charles Radziwill.- Eran tiempos de madrugadas para algún grupo que luego integré y que, como un rito, amanecíamos en la Boca.- Eran tiempos, entre muchos otros, de Pedro Guisasola, Eliseo Fernández; Claudio Poceiro, Raúl Sammartino y el numeroso grupo de mendocinos; del Beto Texier; Marcelo Moreales, Cristina y Juan Campagnola, Goyo y Georgina Salinas, Roberto y Aníbal Sacconi, Joaquín y Julio Rocca Rivarola. Podíamos ver a Billy Pate enfrentar el viento de las tardes desde su famosa piedra, con el agua arriba de su cintura, enormes olas que le pasaban sobre la cabeza y caminando por allí, como si fuera el living-room de su casa. Iban y venían conocidos como Nick Rotz y Mel Krieger, con el que forjamos una gran amistad y con quien recorreríamos con el pasar de los años lugares tan remotos como Rusia, Alaska o Canadá. Es interesante la historia de la Hostería que se las relatamos reproduciendo palabras de Mirta Julián de Brave, una de las hijas de doña Elena, hoy al frente de la Hostería Chimehuín. Cuenta Mirta que Doña Elena Koller de Julián nació en Allen, Río Negro, el 4 de julio de 1916.- Hija de Ernesto y Josefina Koller, inmigrantes austriacos, se trasladaron al año siguiente a Plaza Huincul y más adelante a San Martín de los Andes, escala previa a su entrañable Junín de los Andes. Allí transcurre su niñez que no por ello la sustrajo de sus primeros trabajos, entre los que pueden contarse el viejo Hotel Lácar en San Martín y también el acompañar troperos que trasladaban enormes arreos de hacienda hasta Zapala y donde doña Elena debía encargarse de la comida y otras tareas. Muy joven aun, doña Elena comienza a aprender su oficio como empleada del entonces Hotel Lanín , cuyo viejo edificio aún hoy se mantiene, frente a la plaza de Junín de los Andes y que era propiedad de don José Julián. Estamos hablando del año 1936. Sus vecinos prominentes eran los Mendaña, Bottanelli, Roca Jalil, don Eulalio Mora, ese gran señor y único mecánico de Junín que tantas veces acudió, fuere la hora que fuere en nuestro auxilio y, por supuesto la familia Julián. Poco tiempo después, año1937, doña Elena y don José se unen en matrimonio, del cual nacen Josefina- la Pepa- esta última  hoy al frente del restaurante Ruca-Hueney, luego de la reciente muerte de su marido, el gordo Nicolás Buamscha y Mirta, como dijimos a cargo hoy de la hostería. En 1944 doña Elena, enferma, debe trasladarse a Buenos Aires para su atención.- Don José, sólo, no podía con el Hotel Lanín y con el cuidado de sus hijas y decide vender el mobiliario, alquilar el Hotel por $ 500,oo mensuales de aquellos tiempos y trasladarse a lo que él llamaba entonces “la quinta”, es decir, el lugar donde hoy se emplaza la Hostería Chimehuín.

BA. Salí desde Tandil en diciembre de 1946 en un Chevrolet Fleetline. Si bien fueron muchos mis anteriores viajes al sur para esquiar, era la primera vez que lo hacía con el objetivo de pescar. Es de recordar que el pavimento terminaba a pocos kilómetros de Bahía Blanca. No existía el puente sobre el Aluminé en La Rinconada de modo que debíamos cruzar la legendaria balsa del Collón Cura y seguir hacia Junín y San Martín de los Andes, pasando frente a los campos de Putkamer y Larminat.- Era duro atravesar el desierto y había que rogar por las cubiertas ya que estaban racionadas por ser producto importado. Debimos esperar varias horas en plena noche frente a la balsa, pues la misma tenía sus horarios. A las 6 de la mañana hicimos el cruce y, con el sol a mis espaldas pude ver por primera vez el Chimehuín, todo color de plata. Nos alojamos en San Martín en el Hotel Los Andes a cargo de Guy Dawson, quien entre otras actividades era pescador con mosca. Conocí lugares como El Manzano-cruzándolo- así como los pools de la estancia Larminat. En este lugar, éramos cinco pescadores y durante todo el día, absolutamente ninguno de nosotros tuvo un pique. Creo bueno recordar esto para aquellos que aseguran que las viejas épocas siempre fueron mejores. Al año siguiente, 1947, viajamos con Adolfo Zuberbuhler – Fito – una gran cocinero, “tuerca” y gran entusiasta de la pesca con mosca .Después de unos días en San Martín, nos trasladamos a la Hostería Chimehuín con Samuel Wagner, guía de Bariloche. Conocimos a Mr. Hubbard cuyo pasatiempo favorito era inventar nuevas cucharas y señuelos para su pesca en spinning. También se alojan Cornelio Donovan , Luis Duhau, ministro de Agricultura del gobierno de Justo y el doctor Matta. Fueron famosos los campamentos que nos preparaba Wagner, cuando nos alejábamos por varios días de Junín ya que incluían camas con colchones y ropa de cama y se manifestaba como excelente cocinero. Como guía, Wagner hizo frecuentes viajes en automóvil hasta Buenos Aires para buscar al doctor Cornelio Donovan, padre de Jorge y algún otro pescador y llevarlos de regreso hasta Junín. Finalizada la estadía de los mismos, nuevamente los traía de regreso hasta Buenos Aires y él, otra vez al sur.

JR  Para esas épocas cuenta el Bebe, -quien ya se aloja allí con regularidad – la Hostería tenía sólo un par de piezas y pocos baños privados. No había electricidad aunque sí muchos faroles de kerosene, que colgaban de vigas y techos. Viejos clientes del Hotel Lanín y los nuevos que con gran celeridad se iban agregando, alentados por noticias de una pesca fabulosa “en un remoto lugar de Neuquen bendecido por ríos de la calidad del Malleo, Quilquihue, Collón Cura y claro está, del Chimehuín y su ya famosa Boca”, se instalaban en el “nuevo Hotel”. Don José , con el apoyo de doña Elena, comienza a agregar más habitaciones. Los huéspedes por excelencia, prosigue el Bebe, eran los ingleses, empleados la mayor parte de ellos del Ferrocarril, administradores de grandes estancias o funcionarios de Bancos. Cada uno ocupaba su habitación “ single”, por demás pequeña y construida bajo las órdenes de don José, devenido arquitecto, ingeniero, plomero y experto en hotelería. Una de esas habitaciones “single” era ocupada por Jorge Donovan y la llamaban “el placard”, tales eran sus reducidas dimensiones. Según Jorge, debía entrar a la habitación por el pié de la cama pues, al costado de la misma no había espacio suficiente, máxime para un gigante como él. A todo esto, el dinero obtenido por la venta de los muebles del Hotel Lanín y la pequeña renta que obtenían por el alquiler del inmueble, cuando no, se esfumó en un par de noches de póker. Doña Elena, indignada, le hizo prometer a su marido que a partir de entonces, todo lo que pudieran ganar, lo invertirían en construir más habitaciones y dotar de mayores comodidades a la nueva Hostería Chimehuín, ya por entonces conocida en Estados Unidos y algunos lugares de Europa. Hasta que esas nuevas habitaciones se construyeron, la mesa del comedor no era suficiente para tanta cantidad de huéspedes. Recuerdo que Silvestre Blaquier había llegado y, al no encontrar habitación disponible alguna, se instaló en una carpa que don José levantó en medio del jardín donde pasó numerosos días. Sin heladeras que fabricaran cubitos, debieron olvidarse del whisky Ya muchos conocieron el llamado “mal de Junín” y se conformaron con el vino tinto. Y poca agua. Eso sí: tuve oportunidad de probar una exquisitez de doña Elena: zanahorias en almíbar, algo que en ninguna otra parte pude encontrar.

J.R. De algunas publicaciones sabemos que por allí pasaron personajes como el actor James Stewart y el torero “Dominguín”. De los más viejos registros de huéspedes que hemos rescatado obtenemos datos de algunos de sus primeros visitantes, aunque, como decimos, podrían existir algunos anteriores. Así, a partir del año 1950, aparecen registrados los ingleses Mervyn Fredvech y George Routon: un odontólogo mendocino ,Carlos Arentsen; Bob Littlejohn –don Roberto-y su mujer Leonor que viajaban en un viejo Studebaker, recuerda el Bebe; otros ingleses tales como Goffrey Eleis; Christofer Luna; Charles Alexander, Charles Brown y sus respectivas mujeres; Juanita Leonor Travis, americana que vivía en la Argentina y que por muchos años se alojó en la Hostería Chimehuín y donde conoció a su futuro marido Carlos Case; sigue la lista con nombres tales como los del citado Mr. Ubbard; Guillermo Best: Antonio Vallés y su mujer, también mendocinos, Peter Godwin y su mujer. A partir de 1952 los registros de la Hostería indican que estaban allí, además del Bebe, Hernán Peralta Ramos; Amadeo Sammartino, padre de Raúl, otro de los infaltables de Junín; también se registran los señores Bruno Caletti, Carlos Sutton y Eduardo Sánchez Sarmiento; llegamos a febrero de 1953 y llegan pescadores como Jorge Donovan y su padre, Cornelio Donovan; siguen nombres como Eduardo Bullaude, Juan Sauerhing, Ricardo Zuberbuhler- a quien debemos el nombre de una de las más grandes piedras existentes en la Boca del Chimehuín, justo allí donde comienza el run; Andrés Gordon, su mujer Molly y su hijo Alan; a comienzos de 1954 se hospedan Martín “Payo” Erostarbe , el sanjuanino y el 20 de marzo de 1954 el Príncipe Charles Radziwil , así como Angel Edelman, primer gobernador electo de la provincia del Neuquén; Juan Pedro Brissón, Juan José Blaquier, Antonio Soldati , Jack Benazon ,tío de mi mujer y de quien heredé mis primeros equipos para pescar con mosca; el 16 de febrero de 1955 se hospedan Horacio y Morena Quirno Lavalle en la habitación número 7 del primer piso que nunca cambiaron.-

MQL.  Horacio, mi marido, anticipaba nuestra llegada a Junín con un telegrama que, sin firma o aclaración alguna simplemente decía: “Panqueques para el 15 de marzo” y ello bastaba para que doña Elena reservara nuestra habitación por largas semanas.- Cuando muy temprano en la mañana emprendíamos el regreso a Buenos Aires, ya muy entrado el mes de abril, doña Elena invariablemente nos despedía con frascos de dulce de leche casero hecho por ella en el invierno.

JR El recordado Eliseo Fernández aparece en los registros de la Hostería en el año 1956, junto a nombres como los de Diego y Jorge De los Santos; Carlos Padín y en 1960 y 1961 Jorge Acevedo, Alejandro Moy, Horacio Quesada y los arquitectos Sánchez Elías y Peralta Ramos que si algo no pudieron hacer por su profesión y por la hostería, fue convencer a don José de cómo instalar un baño o por dónde hacer pasar las cañerías de electricidad y agua y de la necesidad de contar con planos, misterios que sin beneficio de inventario heredaran doña Elena, Mirta y Martín Brave, condenados a estar presentes cada vez que existe algún problema, para indicar con certeza por donde pasan esas benditas cañerías. Dice el Bebe que cuando se le decía a don José que los baños que él diseñaba y construía eran de muy reducidas dimensiones, él respondía: los baños no son para bailar.

BA En 1955 con Jorge Donovan invitamos a pescar a Junín a Joe Brooks, entonces tal vez la caña número 1 del mundo entero. Mucho aprendimos todos de él, quien en ese primer año sacó muchas y muy buenas truchas. Recuerdo especialmente una en los “últimos bushes” que pesó 8,500 kg.. Brooks volvió a la Hostería por varias temporadas más. Fue tal su entusiasmo por la calidad de la pesca y la perfecta conformación de los ríos de la zona de Junín, que sus escritos y publicaciones en libros y revistas de Estados Unidos actuaron como disparador de un incesante movimiento de pescadores de todo el mundo.

JR. Vuelvo a lo que yo viví a partir, como decía, del año1978. Cuanto se aprendía dejando a un costado nuestro equipo y sentarnos para ver pescar, sólo eso, a los más grandes. Pasamos muchas horas con Marcelo Morales, quien no tendría más de 18 ò 19 años, viendo pescar, en el más absoluto silencio, al Bebe. Luego él mismo explicaría el porqué de cada cast, el cambio de mosca, el afinar o alargar el leader y nosotros mismos nos animábamos a hacer preguntas que siempre nos contestó. Y así fuimos aprendiendo.

Pero claro. Las horas corrían. Nadie lograba sacarnos del río-especialmente si de la Boca se trataba-hasta el último segundo del horario reglamentario, es decir en esas épocas, las 10 de la noche. Luego seguían otros ritos. Los pescadores regresaban a su autos y comenzaba otra tertulia. ¿Tuviste pique; que mosca usaste; donde pescaste y, por supuesto: cuanto pesó o más bien en esos años y sin que nos oyera Jorge: cuanto pesa?

Emprendíamos el regreso y por más que nos apuráramos, nunca llegábamos a la Hostería antes de las 11 ò 11.30 de la noche. Una vez más don José, desde su mesa, nos daba la bienvenida, nos preguntaba por la pesca sin escatimar detalles y, sin que nada dijéramos, ya ordenaba el trago que sabía preferido de cada uno de nosotros .Otra vez la gran tertulia, en realidad, una verdadera cátedra de pesca, tal la calidad de los pescadores que he nombrado.

A todo esto doña Elena, cercana ya la medianoche, como podía nos empujaba hasta el comedor. Y otra vez a mimarnos. Sabía de nuestros gustos y platos preferidos. Quien podía calcular las horas que llevaba en pie. Nos íbamos a dormir y ella, sabiendo quienes irían al día siguiente a madrugar en la Boca, se ocupaba de dejar café en algún termo y algunas galletitas; No “se vaya con el estómago vacío que hace mucho frío a esas horas”. Nos decía. Cuantas veces en las madrugadas se habrá levantado para atender algún huésped rezagado, llevándolos hasta su habitación y claro, dándoles antes de dormir algo de comer. Y así siempre en su rutina. Entre medio de mucamas, cocineros, mozos, jardineros y todo un ejército bajo sus estrictas órdenes, esa Hostería funcionaba como la mejor, especialmente si de pescadores se trataba. Sabía doña Elena que para ese mediodía, de la habitación tal o cual, le habían pedido un plato especial que ella preparaba con dedicación; al mismo tiempo iba hasta la oficina de la otrora ENTEL para, mientras nosotros pescábamos, pedir una llamada de larga distancia para uno de sus huéspedes que demoraba entre seis y siete horas, llamada que debía requerirse, a los gritos, a través de Bariloche y que en la mitad de los casos terminaba solo en un intento de comunicarse.-

Recordaré siempre la figura de doña Elena y especialmente su manera de caminar, casi de correr diría, con sus manos entrelazadas a sus espaldas. Una vida dedicada a sus clientes, a sus amigos los pescadores, a su familia. Una vida dedicada a su Hostería a la que le dio junto a don José, real tradición mosquera, convirtiéndola para siempre en la Meca de todo aquel que quisiera convertirse en un  buen pescador. Jovial pese a su aspecto huraño y su germana forma de hacer y ordenar todo, nunca dejaba de reírse de mi forma de saludarla año tras año desde que la conocimos. Llegábamos desde Buenos Aires con mi mujer, por lo general, en las primeras horas de la tarde. Doña Elena, sentada frente al jardín de la Hostería, tomándose los pocos minutos de descanso que se permitía. Y allí venía mi pregunta. Como si no la conociéramos, ingenuamente y simulando estar perdidos, le decía: Señora. ¿Me puede decir por acá donde hay una hostería que sea buena? Las respuestas del los primeros años no las puedo reproducir. Luego se acostumbró y sonreía, se levantaba y nos confundíamos todos en un abrazo que expresaba su cariño.

Tenemos que despedirnos de usted doña Elena. Creemos que no hay mejores palabras que decirle: gracias, muchas gracias doña Elena. Que buenos momentos hemos pasado allí junto a usted. Adiós.

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