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Tras el salmón del Pacífico sur

Por Juan Pablo Gozio

” En un momento el mundo se paralizó. La tierra dejó de girar.
El tiempo se detuvo. La línea se tensó, tan fuerte como mis músculos.
Me afirmé, recogí furiosamente el amnesia libre y me preparé para traerlo.
No lo podía parar. Era grande. Era el más grande para mí.”

Con el despegue, el avión dejaba atrás la otoñal Buenos Aires. Mientras se elevaba pensaba en las casualidades que se fueron dando para es tar sentado en ese avión de LanChile. En noviembre del 97 habíamos planeado una excursión para el final de la temporada, al río que a ambos nos gusta: el Limay. Todo iba camino a eso hasta un día de febrero en el que, creyéndome el sucesor de Mara dona, quise hacer una jugada mágica y me rompí el tendón de Aquiles.

Todos los planes por la bor da. Me tenía que operar y dos meses de reposo. Terminaba la temporada… Pasaron los días y después de la opera ción veo entrar a mi viejo (Juan Carlos) en el cuarto y le digo: “Llegamos justo pa ra el cierre de temporada de Chile, andá pensado…”

Recuperación, kinesiólogos, expertos y muchas ganas de pescar se conjugaron para planear la pesca hacia los fa mosos cohos del Pacífico
sur. Con las referencias de mi amigo José Luis reservamos diez días en la hostería Ruca Chalwafe, ubicada cerca de Cascada, sobre el ma jestuoso lago Llanquihue y rendida a los pies del volcán Osorno.

En el avión nos encontramos con Santiago Bruzzoni y dos amigos que seguían viaje más al sur que nosotros.

Después de algunos minutos de conversación, dejamos el avión lleno de escamas (y de las grandes…).

Compras habituales en freeshop de abordo, decenas de barros luca en el aeropuerto de Santiago, cambio de aeropuerto, unas horas de vuelo de cabotaje y finalmente nos despedimos de Santi en el aeropuerto de Puerto Montt. Ya estábamos muy cerca de los salmones… Esperamos cerca de una hora la llegada de la camioneta que nos llevaría a la hostería.

Con el nivel de excitación que teníamos podríamos haber llegado al trotecito, pero por suerte para nuestras piernas, el transporte llegó.
Hora y media paseando por la orilla del lago, imaginando que clase de monstruos podrían habitar semejante cantidad de agua y evaluando con que mosca picarían…
Llegamos!!! Nos recibió afectuosamente Pancho Bafrena, ilustre pescador de la zona y divertido compañero de pesca. Después de las presentaciones de rigor, lanzó su frase: “¡Apúrense huevones, el lago está harto de pescado!” Nos acomodamos rápidamente en una habitación con hermosa vista al lago. La hostería nos gustaba. Mucha madera, cálida, cómoda y con las paredes cubiertas de fotos de grandes salmones.
Grandes, muy grandes… Joder!, no vinimos a disfrutar de la hostería, era hora de empezar.

Propuse partir a pinchar algún salmón, que a esta altura del frenesí, en mi cabeza medían 4 metros de largo y pesaban 230 kilos. Mi viejo vio la llovizna, se acordó del largo viaje, miró la cama, y me hizo un gesto de como que “vos estas loco yo me voy al sobre, igual ahora no hay nada, mañana salimos tempranito.

Había escuchado esa frase más de mil veces y sabía que implicaba una pesca excelente. También sabía que el tempranito de mi papa eran las 9.00 hs., a diferencia de mi tempranito que eran las 5.00 A.M.

Volando bajé a cambiarme. Me calcé los waders. El neoprene parecía plástico. Los zapatos, por ser el primer día, estaban secos. Mientras trataba de ponerme los zapatos de vadeo pensaba en la madre del fabricante y en el millón de maneras que había para aliviar esta tortura.

Recorrí la lista que los años fijaron en mi memoria. Chaleco: OK. Dos mil moscas, para usar siempre los mismos 8 o 10 modelos: OK. Pinzas, pincitas, pinzotas, alicates, flota-no-se-que, cuatro millones de metros de tippets (hasta 7X lleve!!!), repelente (¿para que?), secamosca, anteojos, pins por todos lados, cámara de fotos, pins de la AAPM, mi pañuelo rojo y demás cábalas, etc., etc., etc.:

Ok. Chequee el peso del chaleco para verificar si me faltaba algo. Veintidós kilos exactos, estaba todo…

Mi aspecto era similar al de un marine americano experto en operaciones de espionaje submarino, pero con un aire a John Wayne. El wader me apretaba un poco, los zapatos dejaron mis pies totalmente insensibles y el chaleco me produjo luxación de hombro sólo al apoyarlo.

Ah, me olvidaba del sombrero. Ala ancha, cowboy style, mosca de salmón del Atlántico clavada al costado: el clásico de la Ay Fishennan, de pura pinta nomás. Me hacía transpirar la azotea.

Así las cosas empecé a armar la caña. Desesperado Como estaba, tarde treinta segundoS en poner el reel, enchufar loS 40 tramos, alinearlos y pasar la línea por loS 200 pasahilos (menoS uno: el primero). Sentí la tentación de empezar a pescar así y ahorrarme la nueva pasada. Pero no. Todo de nuevo. Ate la mosca. Un pollo disecado, teñido en seis colores flUOrescentes y atado a un anzuelo Tartuna 18/0 big eye (para pasar el tipett del 0.80). La cola de la mosca eran unas plumas de cola de pavo real, enteras… Cuando vi la mosca me asusté. Ahí comprendí que todas las fantasías elaboradas en la n1esa de atado son sólo eso: fantasías. No había pez capaz de Comerse semejante n1a1narracho.

Victor, uno de los ayudantes del logde, sentenció: “Acá se pesca con una verdecita con bataráz”,” Traducido a nuestro sofisticado idioma era una Woolly Bugger nro, 6, cola de marabou verde oliva, chenille al tono y hackle de cola de gallo grizzly, Mosca que, por supuesto, no había traído, Puse algo parecido, en verde y me lancé a la aventura.

Después de los treinta minutos más largos de mi vida y de la cuesta más alta jamás subida, me encontré con el lago. i Que digo lago, era un mar! El viento, de frente, generaba olas de casi un metro en la orilla, que, para colmo, estaba sembrada de piedras bochas grandes cubiertas de verdín.

El primer día de pesca, caña RPL 890 en mano, shooting gris oscuro, una amnesia rebelde y sin flotalineas, y los dedos casi engangrenados por el frío no son buena combinación para un cast feliz. Los mejores tiros iban hacia adelante, los otros… Cada dos tiros dejaba una mosca.

Poco a poco se iba haciendo de noche y mi regreso a oscuras se complicaba. Como no había nada, perdón, como yo no pescaba nada, emprendí el regreso. Cuarenta minutos me separaban de la gloria: una picada como Dios manda, los mejores embutidos, Pisco y la estufa a leña. Cuando llegué fui foco de cargadas por parte de mi viejo que repitió su frase: “Viste, yo sabía que con esta llovizna y viento no iba a haber nada…” No hice comentarios y me concentré en las delicias.

Esa noche llegó Beto Rodríguez con un amigo, Horacio. El encuentro fue pura casualidad. Compartimos experiencias de viaje, y planificamos el madrugón del día siguiente. ” Acá se pesca casi de noche”, nos había dicho Pancho. Le hicimos caso, bajo protesta de mi viejo, para quien la pesca empieza a media mañana.., Después de atar unas cuantas “verdecita con bataraz” y contando las magras horas de sueño fuimos a dormir. ¿Dormir? Poco. Los pensamientos volaban, los salmones saltaban en mi mente, sacaban línea y cortaban al final del backing… El sueño tardó un poco en venir, pero luego llegó la oscuridad…

Nos despertó el teléfono. Eran las 6.00 A.M., noche cerrada. Me miré al espejo del baño y me alegré. No era el de mi casa y no estaba afeitándome para ir a la oficina. Estaba preparándome para la pesca. Batí récords de velocidad y estuve listo primero.

El olor a café se filtraba a través de las maderas del piso de la habitación. La cocina estaba justo abajo. Bajamos con el arsenal, al que agregamos linternas. Desayuno de abundante poder calórico para despertar las neuronas, martirio de los waders (ahora agravado por los zapatos ya húmedos y helados), armado de la caña a oscuras, atado al tanteo de la mosca, frío, el resto lo conocen. Eramos 6 o 7 pescadores, entre los cuales estaba Carlos Ingrasia, que había llegado a la madrugada. Conocedor, el hombre, salió primero y copó los mejores lugares. Nosotros, media hora más tarde, entramos al lago con el sol saliendo. Grave error. Había que estar antes.

Empezamos a castear. Mi amnesia parecía endiablado, no le encontraba la vuelta.
Como no conocíamos el lugar enganchamos cerca de 1000 moscas y perdimos 500 yardas de tippet. Yo hasta dejé un shooting. Sapo total.

Seguíamos sin encontrarle la vuelta. Los salmones: ausentes. La tarde fue distinta, más ventosa y favorable a mis moscas. Clavé un salmoncito salar y una arco iris. Nada grande, pero eran los primeros! ! ! ! La mosca: una cosa espantosa. Una rabitt oliva, atada hacia arriba y con cuerpo de chenille verde fluorescente. No aten muchas, anduvo sólo ese día…

cordobeses divertidísimos: Lucio y Luis. Los vimos en el lago. Cuando llegamos a pescar a la tarde, estaban en el lugar bueno. Yo los miré con algo de asco y me alejé, sólo un poco, esperando el descuido para entrar por el segundo palo, mandar un centro al área y ubicarme mejor.

Regada con abundante vino chileno, la cena se pobló de comentarios sobre hazañas pasadas, técnicas ampliamente comentadas y nunca usadas, moscas de epopeyas, asociaciones y clubes, figuras del “ambiente” y otros temas que sólo compartimos los mosqueros. Ninguna mentira, alguna exageración aceptable, muchos buenos recuerdos y el común denominador: la amistad. Sin embargo, allí donde estaba clavé la arco iris y el salmoncito. En cada captura los miraba con soslayo, quizás pensando: “¿Ven? No es cuestión de lugar, hay que saber…” Que bobo!!! Después se dio la charla y al rato éramos como chanchos. Desde ese día no paramos de reírnos, hasta que se fueron. Y nos alegramos de las pescas de cada uno. Es más divertido así…

Después de la cena, a reponer las moscas perdidas, a atar más las que funcionaron ya copiar algún invento circense de Pancho. Un Cohiba y al sobre, diciendo unas oraciones para que llueva. Factor fundamental en esta pesca.

Al día siguiente, cuando desperté mire el reloj: 6.00 A.M. Ya estaba con los waders puestos, en el lago con el agua a la rodilla y casteando. Es increíble las cosas que uno hace dormido.

Otra mañana mala. Como llegué primero, elegí el mejor lugar: la salida del arroyito. Me paré justo en la salida. El agua bajaba a punto de congelamiento y ya para las 8.00 no sentía los dedos. Tampoco había sido mi día. Como a las 9.00 se levantó un viento fuerte de frente. Era increíble, después de la lluvia de la noche y con el viento, los salmones se arrimaban a la costa. Los cardúmenes pasaban colorados, surfeando entre las olas, a cuatro o cinco metros de la costa. Entre los salmones había arco iris grandes que se alimentaban en el borde del oleaje y tomaban imitaciones de huevitos. Todos pescaban, menos yo. Claro, tiraba cada vez más lejos y los pescados estaban a tiro de patada. Empecé a observar y acorté los tiros.

En un momento el mundo se paralizó. La tierra dejó de girar. El tiempo se detuvo. La línea se tensó, tan fuerte como mis músculos. Tuve “El” pique.

Me afirmé, recogí furiosamente el amnesia libre y me preparé para traerlo. Bah, un decir, para que venga cuando quiera. No lo podía parar.

Corrió hacia afuera, no sé cuantos metros pero empezó a salir backing de mi reel (shooting, amnesia y …gracias a Dios que está el backing!1). Se detuvo lejos y pegó un salto. Era grande. Era el más grande para mí. Ya le había sacado algunas truchas buenas al Limay, a la Boca, pero este era otro tema. Lo iba trayendo ya unos veinte metros, cruzó hacia la izquierda corriendo más largo que en la primera corrida. Mi concertación llegaba al máximo. Eramos él y yo unidos por una línea, tensa, muy tensa… Lo seguí por la costa, evitando unos troncos hasta que volvía a acercarlo. Me regaló otro salto a unos quince metros y me dejó apreciarlo en todo su esplendor. Era majestuoso. El Rey del lago. Era IIEI” pescado del viaje. Sabía que no tenía que perderlo. Sus fuerzas iban bajando, junto con las mías y con mucho cuidado fui tratando de tomarlo del remo.

Tenía miedo que, después de una pelea tan larga, se hubiera agrandado la clavada.

Estaba empapado. Sentía ese hilo de agua furtivo que se desliza en las zonas erógenas y delata la entrada de agua en el wader. No importaba. Recién pude tomarlo por la cola después de varios intentos. Cuando lo sujete, giré y vi a mi viejo que manoteaba la cámara de fotos y no paraba de disparar. Se debatía entre filmar y sacar fotos, estaba tan contento como yo. Lo arrimamos a la orilla, fotos de rigor, recuerdo inmortalizado en celuloide y filmación de la devolución. Porque lo devolví. Era demasiado bello para verlo seco en la tierra, con una expresión de muerte y despojado de su belleza. En cambio lo vi recuperarse de la fatiga y nadar hacia las profundidades del lago. Abrazos, felicitaciones, momentos inolvidables. La gloria total. Algún ingeniero o contador se preguntará cuanto pesaba.

¿Importa? ¿Es el peso lo que más importa? ¿O es sólo una anécdota entre tantas emociones? La verdad es que no lo pesé. La operación de pesaje puede ser muy traumática para el pez. Andaría cerca de los 6 kilos, ningún récord mundial, sólo mío, y para el recuerdo eterno…

Después de eso seguí pescando más tranquilo. Sorprendentemente empecé a pescar más y mejor. Estaba tranquilo. Filmé a mi viejo sacando la arco iris más grande de su vida y fotografié la sonrisa de oreja a oreja que tenía mientras la sostenía exhausto. Que pescado! ! !

Los días siguientes se sucedieron más o menos en la misma forma. La pesca fluctuó casi como el tiempo. ..El último día cambiamos de lugar. Víctor nos llevó a un rincón donde desaguaba un arroyo. Era una bahía escondida, con una casa en la orilla. Algún visionario se había hecho una señora casa en un lugar paradisíaco.

Pedimos permiso y empezamos a pescar. Mi viejo clavó un arco iris que físicamente parecía un sábalo pero peleaba con un toro. Le sacó backing. Saltó 6 veces; Iba, venía y se volvía a ir. Impresionante. Después nos enteramos que las que tenían esa forma eran fugitivas de las jaulas. Algún otro nos dijo con tono soberbio: “Son una porquería porque no son salvajes…”. Hay de todo en la viña del Señor.

Como era el último día decidí no volver a almorzar y me quedé solo. Para mi viejo era el plan perfecto: morfi y siesta, sin hijo que embrome para llevarlo a pescar. Yo me quedé admirando el paisaje. Escuchaba el fluir del arroyo entre las rocas. Junté unas ninfas. Había de todo: cassed caddies, mayflies, stones y scuds.

Estaba cansado. Entonces cumplí un viejo sueño. Encontré una piedra que me sirvió de respaldo, me senté con el agua cubriéndome las piernas y mirando el sol me dormí. El sonido del arroyo era como una canción de cuna. Medio dormido, me levanté y decidí hacer unos tiritos. Wet tip, ninfita Tellico #12 atada prolija, leader cortito y algo lastrado, lenta recuperación y Good Show! Al segundo tiro clavo una arco iris de unos tres kilos. Peleadora como la de mi viejo, pero salvaje. Gorda, muy gorda. La RPL690 aguantaba los cabezazos y corridas con absoluta impotencia. La varé en la orilla y quedé sorprendido por sus colores. El sol estaba fuerte, el agua era transparente hasta el fondo. Mi trucha brillaba con destellos color arco iris. Magia. La dejé en el agua y quedé absorto observándola por unos minutos. Que belleza! ! ! Se recuperó y salió rápidamente. Parecía todo parte de un sueño. Me volví a acomodar y seguí dormitando hasta que la voz de mi viejo me trajo a la realidad. Unos sandwiches y coca me salvaban la vida. Seguimos pescando, tranquilos, disfrutando. Volvimos a la noche. Ya no quedaba nadie en la hostería. Pancho nos divertía con sus anécdotas.

A la mañana siguiente el sueño se rompió cuando cargamos nuestras cosas en un taxi y pusimos proa a Buenos Aires. Atrás: dejamos una de las mejores pesquerías de nuestra vida. Adelante: nos vemos volviendo pronto.

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