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La pasión por la pesca

por Enrique Quintana

Doctor, qué gusto saludarlo.

Una semana antes el abogado defensor bajaba la escalinata de los tribunales, todavía pensando en lo difícil que se estaba poniendo el caso luego de la declaración indagatoria de su cliente, a la que terminaba de asistir.
Hacía tiempo que el abogado sabía que una buena defensa requería la combinación de conocimientos y arte en la presentación de las pruebas y argumentos, y que la dosis a emplear de cada uno de ellos dependía de la razón que tuviese en sus planteos; si el derecho lo acompañaba, los conocimientos técnicos eran más importantes, y, en caso contrario, había que emplear mucho más arte en la estrategia defensiva. El caso que lo preocupaba requería de muchísimo arte.
Siguió el abogado atribulado con sus pensamientos y tratando descifrar cuál era la opinión que tenía del asunto el juez de instrucción, dato que le permitiría pergeñar una defensa más eficaz, pero al que nunca había podido acceder por la distancia que puso siempre el funcionario en las oportunidades que se encontraron con motivo del juicio, como la audiencia que acababa de finalizar, en la que predominó un clima de tensión, poco propicio para la conversación informal, que estuvo a punto de iniciar el abogado, cuando observó en el despacho del juez una fotografía suya, del juez, que lo mostraba con una hermosa trucha marrón. Siendo el abogado también pescador, tenía el tema servido en bandeja de plata, pensó en hablarle al juez sobre la pesca y devolución y hasta sermonearlo un poco porque la trucha estaba tan muerta en la realidad como en la foto, pero su cliente sudaba la gota gorda con su declaración y le pareció de mal gusto intentar el acercamiento con el juez con esa excusa y en ese momento.
Camino a su oficina, el abogado creyó que lo más conveniente sería una nueva evaluación del caso, más serena y reflexiva, cuando se acallaran en su mente lo ecos todavía resonantes de la mala impresión que había dejado la declaración de su defendido. Como tantas otras veces, pensó y se convenció, rápidamente, de que un par de días de pesca le vendrían muy bien para despejarse, cambiar de aire y reemprender su labor de manera más provechosa, a punto tal que al presentar el proyecto de la excursión en su casa, su mujer abortó toda explicación y le dijo, con suficiencia, ya entiendo, se trata de una obligación de trabajo, frase que daba por concluido el tema y a la que siguió un sabio mutis por el foro del abogado.
El abogado se instaló en la hostería, a la que concurría habitualmente cuando pescaba en Junín de los Andes, el viernes por la noche, y luego de unas horas de buen descanso, a la mañana siguiente bien temprano, disfrutaba de un suculento desayuno, cuando vio que llegaba otro pescador al comedor, lo saludó instintivamente, sin reconocer al juez, hasta que éste le dijo, doctor, qué gusto saludarlo.
Al abogado se le hacía cuento lo casual del encuentro, pero como no era un novato en estas lides, se repuso de la sorpresa inmediatamente, mostrándose cordial y sereno, disimulando el entusiasmo que le provocaba la presencia del juez en un ámbito tan propicio para sus intenciones de acercamiento; llevó la conversación por el lado de la pesca y de las características de los ríos de la región, y luego de intercambiar algunos comentarios sobre esos temas obligados dadas las circunstancias, abogado y juez se comprometieron a encontrarse después de la cena para comentar la jornada de pesca.
Ya en el río, el abogado se preguntaba si debió aprovechar la oportunidad de la charla mañanera con el juez para buscar su opinión sobre el caso, como le reclamaban sus pensamientos en ebullición ni bien reconoció al juez en la hostería, pero se conformaba barruntando que seguramente se presentaría otra oportunidad mejor que la inicial, y que no debía mostrarse apresurado ni ansioso para que el juez no pensase, equivocadamente, que existió previsión de su parte en el encuentro.
La pesca, ese día, fue un fracaso para el abogado, no podía concentrarse en los peces, que los había, bastantes y activos, pero que pasaban inadvertidos para él entre sus elucubraciones para encarar la conversación que le interesaba con el juez.
En la sobremesa acordada, juez y abogado se comentaron los respectivos éxito y fracaso con las truchas, tomaron café, whisky, y cuando el abogado elegía entre qué caso difícil que nos ha tocado y estoy preocupado por mi cliente que es un buen muchacho, para empezar la conversación que le importaba, el juez nuevamente lo sorprendió al proponerle qué le parece si pescamos juntos mañana, unos amigos me dijeron que el Malleo está muy bueno. Por supuesto doctor, yo también tengo esa información, mintió el abogado, que hubiese aceptado pescar con el juez en la misma isla de la hostería o en el arroyo Pocahullo.
Ingresaron juntos al río y no se separaron demasiado, ambos podían ver lo que hacía el otro. La primera trucha fue para el juez, reaccionando inmediatamente el abogado, qué buen pescado, doctor, pero el juez, sabiendo que no lo era, le respondió, déjese de joder che, es un pescadito, sólo está bueno para ir calentando las manos.
El abogado no demostró el impacto que le causaron las palabras del juez, el trato amistoso, por un lado, y por el otro la promesa velada de nuevas capturas, lo que le pareció por lo menos de poca modestia; sin embargo, entre sus propósitos no estaba el de contradecir al juez sino acceder a su pensamiento sobre el caso, y para esto, pescar juntos se presentaba como una oportunidad única que no podía permitirse desaprovechar.
Estas especulaciones y otras parecidas llevaron al abogado a descuidar la observación del río y los peces, los lanzamientos y la elección y presentación de la mosca, con la inevitable consecuencia de no obtener un solo pique. Estaba molesto porque, pescador al fin, no le gustaba pasar por ese trance, aunque fuera por estar abocado al que se había convertido en el tema central de su salida de pesca luego de encontrarse con el juez.
Cuando el juez sacó del agua a la segunda trucha, el abogado levantó el pulgar de la mano izquierda en evidente gesto de aprobación y reconocimiento. El juez, ocupado en la devolución, ni lo advirtió.
La próxima trucha del juez, una hermosa arco iris difícil de arrear, provocó un nuevo gesto del abogado, pero esta vez no sólo levantó el pulgar de la mano izquierda, sino que también inclinando levemente su cabeza hacia el mismo lado, la subió y bajo un par de veces, reforzando así la expresión de admiración que surgía de su boca entreabierta. Por dentro, el abogado se remitía a las partes íntimas de la madre del juez.
Esta vez el juez sí lo vio, agachó su cabeza ladeándola levemente, sonrió y abrió lentamente su brazo derecho alejándolo de su cuerpo, como si se tratase de un actor que solo en el escenario recibe, acepta y agradece el aplauso de la platea.
Fue demasiado para el abogado, decidió acercarse a la orilla para preparar el mate, y en eso estaba cuando el juez, que también volvía del río, le dijo creí que nunca me iba a convidar unos amargos.
Ahora sí, ya no quedaban dudas, éste era el momento, el juez estaba exultante por el éxito de la pesca, el tono campechano de sus palabras y el mate compartido eran el escenario ideal para una charla amistosa, el abogado no estaba dispuesto a dejarlo pasar, tomó impulso luego de acabar el primer mate, que le correspondía por cebador, y le preguntó directamente al juez, doctor, qué mosca está usando?

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