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La joyita

Por Sindo Fariña

Ver subiendo a mi mosca una trucha marrón de 58,5 cm de largo y 31,5 cm de circunferencia, y que la coma, es fantástico. Y si además salta cinco veces, amenazando con cortar un tippet de 5X, ¡es asombroso! Y si le agrego que en mis manos tenía una caña de bambú marca Hardy, modelo Phanton para línea 5, de 6 pies de largo, de nombre “la joyita”, es mucho más gratificante. Esto viene a cuento de lo que quiero narrar sobre esta histórica caña.

Don Jorge Donovan, en su libro Nací Pescador, en el capítulo “Río Quillén ¿Un paraíso que se acaba?”, hace mención a lo siguiente: “Armo mi caña, que es estreno. Una Phanton de Hardy de 6 pies,”la joyita”, como la bautizó el Bebe Anchorena”.
Pues bien, hace muchos años Jorge Donovan me regaló esta caña junto con un reel CFO 3, como muestra de afecto y cariño hacia mi persona. Pasaron muchos años desde entonces, y en aquel momento me comprometí a que siempre que pueda, en alguna temporada (mientras yo viva) esa caña tendrá que volver a pescar algún río o lago de su querida Patagonia. ¡Siempre!

Es por eso que, retomando el relato, sigo contando una de esas tantas veces que “la joyita” pescó conmigo. En este caso fue una formidable trucha marrón, en el río Malleo.
Ayudado por mi diario de pesca, esa tarde me tocaba visitar un pool llamado “la piedra baya” (mi santuario), que está ubicado Malleo arriba del puente amarillo, dentro del campo de la familia Olsen.
Pues bien, empecé a pescarlo poniendo una Parachute Adams nº 18 y una Arco Iris de unos casi 39 cm. la tomó rápidamente, apenas la mosca empezó a flotar.
La tarde se estaba yendo, y el viento se ponía cada vez más calmo. La eclosión comenzaba a insinuarse y yo debía elegir en qué lugar terminaría de pescar.

Fue así que me decidí por otro pool llamado “Red Gate” (la tranquera colorada para mí). Este lugar es una barranca bastante alta, de 3 metros aproximadamente, y de un largo de 300 m, en donde el río corre muy despacio. Las buenas truchas allí se colocan muy pegadas a la barranca, sin moverse mucho, esperando la comida que el río les trae. Esa tarde, como casi siempre, subían unas cuantas por varios lugares del río, haciendo un deleite para mi vista y para mi espíritu.

Cambié de mosca y puse una Gray Wulff tamaño 18, pues observé que estaba volando algo parecido en color y tamaño. Comencé a pescar río abajo, eligiendo la mitad del recorrido de la barranca, hasta más o menos donde termina la parte buena. Ya oscurecía y la pared de la barranca empezaba a ponerse sombría y misteriosa.
Guardé los anteojos de sol y mientras casteaba iba revisando con mi vista todo lo que subía. De pronto vi una trucha especial, sacando apenas su gran cabeza para comer, exactamente donde el terreno, por la erosión de la corriente del río, había producido una gran hendidura creando una zona de corriente muy lenta, que visualmente parecía inmóvil.

Desde entonces, mi mirada no se alejó del lugar donde la había visto subir. Me acerqué lo más posible, recordando siempre lo que mi experiencia en mosca seca me decía: tener poca línea en el aire y aprovechar el largo del leader.

Comencé a hacer volar la línea, y “la joyita”, formando ese loop impresionante, hacía que la mosca se posara como una natural. Hice varios falsos tiros, primero cortos para calcular la distancia y para saber cómo la corriente se comportaría con la línea, el leader y la mosca: quería evitar el letal drag que produce esa corriente. Obviamente esto era elemental, nada de tironeo en la mosca, pero lo que se dice nada, si no, se daría cuenta de que algo no funcionaba bien, se hundiría y adiós. Sin embargo, ella seguía con sus ciclos, subiendo a comer.
Decidido a que la mosca se depositara en la zona de visión de la trucha, en el tercer intento la deposité donde estaba comiendo, y haciendo un movimiento con la puntera de la caña para que la línea quedase atrás de la mosca (reach), logré que se mantuviera por unos segundos quieta, muy quieta, en esa circunferencia imaginaria donde ella aparecía.

Y en la casi oscuridad de la tarde, volvió a subir, pero esta vez, a mi mosca. Levanté “la joyita”, afirmé unos segundos y la caña se arqueó con mi clavada. El contacto con ella, seguido de un borbollón y la salida de la línea con varios saltos me llenaron de alegría. Línea y backing corrían del CFO haciéndolo sonar con esos acordes imaginarios que sólo los pescadores podemos escuchar y traducir en música.
Empecé a salir del medio del río caminado lentamente hacia la costa. La varé y la medí. Rápidamente la puse de nuevo en el río, en el menor tiempo posible, para no dañarla.

Ya casi era de noche. Miré hacia el Lanín, mi único testigo, que se recortaba en un cielo teñido de rojo. Mientras recogía los últimos tramos de la línea pensaba lo feliz que estaba de haber pescado una marrón de trofeo con “la joyita” que Jorge tanto quería. Este relato, sobre esta caña tan especial, es para todos aquellos pescadores que la conocieron en el libro Nací Pescador de Don Jorge Donovan, o que alguna vez leyeron notas sobre ella en el “Boletín Mosquero” de la Asociación Argentina de Pesca con Mosca, y se pueden preguntar qué habrá sido de “la joyita”. Pues bien, ahora saben que ella sigue pescando y seguirá pescando. ¡Siempre!

PS: La caña se la doné al Sr. Marcelo Morales, quien fue durante años compañero y discípulo más cercano de Jorge Donovan.

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