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En el río

por Eduardo Carena

Comentario inspirado en una conferencia dada por Mel Krieger acerca de los motivos de la pesca

Sobre una curva del río Dove, en tiempos convulsionados del siglo XVII inglés, Cotton y Walton hicieron su residencia; mejor dicho, sólo con su paisaje la dieron por construída. Además, levantaron una breve posada. El resto, fogón, sala de lectura, estar, comedor, refrigerador, música y silencio, estaban en el río y en su entorno.
Con sus iniciales talladas en la puerta, esa comunidad de pescadores refrendó que nada más deseaban, entre toda la multiplicidad, que ese terruño, donde se habían involucrado con las demás comunidades de su propia naturaleza. Allí contemplaron “la tórtola amante”, prepararon sus hilos de pesca y grabaron en su espíritu las notas de una de las obras más leídas de la historia. Aquél sitio, que ha sido restaurado, se conserva embellecido y es venerado como símbolo y realidad de la encantadora morada de los hombres, artistas convivenciales, que han encontrado de la mano de un auténtico deporte, un paso sereno hada lo que vale.
Sería mezquino imaginar esto sin su predecesor: el encuentro con el pez. Sin aquella trucha, sin el brinco de la primera mojarrita, la mirada del hombre aún no se hubiera perdido en las maravillas del mundo de la pesa; no estaría allí, donde fué a parar con el esparcimiento como causante. Sí, así fue, porque la pesca cuenta con la potencia de expandir la capacidad lúdica del hombre, a veces grave olvido de las dvilizadones.
En el mundo donde se muere de hambre, no se sale a pescar deportivamente como consecuencia de aquél. Sin embargo, inocultablemente dentro del pescador como del hombre, un animal cazador, predador necesario, desarrolla la capacidad de procurarse sus medios. Conoce su ámbito y el de su presa, se ejerdta en la aproximadón, se somete a los tiempos, descubre regularidades, aguarda, se mimetiza, elige y ataca con una inteligenda para la cual la agresividad suele ser un bien, que la naturaleza, con anterioridad, le ha hecho conocer como impulso.
Vergüenza de los intelectuales, luz de los artistas, pasión y realidad del hombre.
La razón que sabe de medidas y de distindones, desde muy temprano le agregó otro motivo, la competencia. El deporte estimulado por el resultado se encamina por otra senda cultural, se transforma en juego, anima cambios, y muchas veces se resigna a la exclusividad del número, creando así un estereotipo de bien, que con su frialdad, le quita naturalidad y hasta lo clausura en la frostradón. la comparadón sana y la comunicadón enriquecedora, en ocasiones, son alteradas hasta ser objeto de ocultamiento al servido de ganar; el habitat se va quedando sin deportes, apareciendo la pesca, el montañismo y algunos pocos más, como un remanente que no tiene lugar en las actividades que se denominan deportivas en lugar de competitivas.
Sin embargo, un motivo radical doblega a la competenda, cuando el pescador alcanza a gustar más la experienda que la compensación. El hombre que se gratifica con la totalidad de un presente que lo devuelve connatural con el ambiente, sin eximirlo de la sutileza de sus medios, la cadencia de su arte, el gozo de los éxitos, la gracia de sus ocurrendas, el sabor fuerte de la dificultad y el amor a la vida toda. las sensibilidades más exquisitas encuentran resonandas en una acción despojada y creativa, que se deja sorprender por el hallazgo de las pequeñas cosas que mueven todo el mundo de la naturdleza. Esta convocatoria a la destreza, a la observadón y al buen arte obtiene desde siempre respuestas que violentan los apuros de la competencia y hasta los empeños unilaterales del utilitarismo. Así, en el país que suele considerarse más desarrollado del mundo, los hombres del Sparse Grey Hackle Club, abandonaron hasta la luz eléctrica, y desde su convivencia en el río Beavenkill, del estado de Nueva York, produjeron esclareCedores debates sobre la pesca y sus equipos, elaboraron las tablas lunares, conservaron su idilio con el bambú, y fueron foco convocante de los mejores pescadores de la tierra.
En esta situadón ecosistemática y ecovivenda, alguna vez el pescador también podrá ser intimidado por el misterio, y no escapará fácilmente a su embrujo. Entonces, este explorador de todas las profundidades, intennediarlo de nuevas respuestas, enraizado y con su corazón a cielo abierto, amante y anhelante, caminará los mismos ríos, pedirá una mano y dará otra, hasta no poder ya avanzar por su santuario.
Antes o allí mismo, donde la bruma también anuncia la venida de la luz entre montañas de asombro, podrá recibir del soplo del silencio la revelación de la irreductibilidad de la vida que en un solo trazo une la sal de la piedra, el agua que acaricia sus esperanzas de pesca y sus descubrimientos más altos.
Se dirá que la pesca no es solo subjetividad, pero es inseparable de ella. Una masa de gases en movimiento no serían la brisa, sin el corazón del hombre. Sin él, unos átomos de hidrógeno y oxígeno, no señan el agua saltarina, sino solamente un líquido incoloro, inodoro e insípido. Es que el pescador no es una planta artificial que está hecha con todo lo que se le ha puesto desde afuera; es un ser que se hace desde adentro con facultades cósmicas, con un realismo heredero de la humildad, y con una ilusión que todos los días despierta su libertad, primogenitura ésta de un origen que sigue engendrándola con su silencio. Dependiente de la vida del agua, en un amanecer del alma, se ha hecho de un tesoro que si lo esconde la competencia, muere, pero si se comunica, vive hasta cuando no va a pescar.
Ese pescador de riqueza innembargable, podrá proclamar que aquél predador necesario, como si nunca lo hubiera entendido a pesar de hablarlo tanto, pudo encontrar en él, el gozo de ser el labriego de la ribera de sus ríos y de la riqueza de su cauce. Pero esto es otro tema; otra flor inmarchitable del capullo de la pesca.

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