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El viaje

Por Rómulo Perez

La cosa era simple, el Colorado y yo partíamos el miércoles y pescábamos hasta el martes.

Un día después me llevaba temprano hasta Bariloche, desde donde yo regresaba a Buenos Aires en el mismo avión en el que llegaba Marita, su mujer. Ellos pensaban quedarse una semana pescando y acampando cerca de Junín.

Había que ir a buscar primero la camioneta al campo de Gustavo, el amigo del Bonachón, que era amigo de mi amigo (el Colorado), donde había quedado hacía dos años para efectuarle algunas reparaciones que buena falta le hacían. Ambos compartían la propiedad del vehículo con el Tordo y en vista de que el arreglo era gratis, juntaron algunos pesos para cambiarle las gomas. y las colchonetaS, pues estaba preparada para albergar a por lo menos tres robustos pescadores, más una cocina y los inevitables bultos y equipos de pesca.

El jueves a mediodía, con un día de demora, Gustavo nos pasó a buscar por la casa del Colorado, donde olvidamos, después de cargar el equipaje, la caja donde estaba la comida. En vista de la falta de plata que crónicamente padecíamos, unos días antes habíamos comprado en el supermercado latas, embutidos, queso, arroz y otras vituallas para achicar el gasto. La cosa es que Marita, que es una luz, se fue hasta la terminal de Retiro con la caja y la despachó a Junín de los Andes, donde la recibiríamos al otro día.

En el camino nos enteramos que le habían cambiado el motor por otro V8 más nuevo, que un chacarero de la zona no podía mantener. y hubo que hacerle el seguro en Trenque Lauquen. Llegamos a Pellegrini antes de la hora de cenar. La camioneta estaba allí, la estaban lavando. No encontramos casi nada del equipo que disponía la caja carrozada, cosa que atribuimos a la falta de luz y al desorden. Optamos por aceptar la frugal cena y partir.

Gustavo nos dijo que las gomas estaban esperándonos en la gomería “24 horas” que encontraríamos frente al motel del ACA, en Santa Rosa. También nos aseguró haber cargado 40 litros de combustible.
Recorrimos apenas unos 15 kilómetros cuando la camioneta se detuvo. No tenía nafta.

La distancia era grande como para ir a incriminar a Gustavo a pie. Además era medianoche. Estábamos en el camino que iba de la RN N° 5 a Saliqueló, a unos 15 Km de esa ruta. Buscamos sin éxito ayuda en las inmediaciones. Una Ford Ranchero paró ante nues tras señas y aceptó llevarnos hasta la próxima estación de servicio. El tipo era bastante sospechoso. Nos preguntaba si éramos “chorros” y afirmaba que nos había parado porque vio la camioneta y que de estar sola la habría “limpiado”.
Nunca supimos si nos estaba tomando el pelo, si era policía o si era “chorro”.

Con el tanque lleno nos dirigimos a Santa Rosa. La gomería estaba con las luces apagadas.

Irascible, el Colorado golpeó el portón hasta que apareció el gomero, levantado de mal humor. Las gomas no eran nuevas, tampoco eran cuatro y tampoco eran de la misma medida. Eran dos, recapadas y no hubo manera de cambiarlas pues “a éstas no se las lleva nadie” aseguró el sujeto. Dormitamos un par de horas, a la vera del camino, cerca de Acha, hasta que clareó.

Yo iba conduciendo por el camino del Desierto. Veníamos discutiendo, sobre el problema que tendríamos si nos paraban los milicos en la ruta. El número de motor no coincidía con los documentos, que estaban además a nombre del Tordo. No teníamos cinturones de seguridad ni matafuegos. Faltaban las balizas y el crique, que quedaron en otras manos, allá en Pellegrini. Unos kilómetros después de Chacharramendi se paró el motor. Habíamos cargado suficiente combustible y así lo atestiguaba el indicador. Con un destornillador y un alicate oxidados, que fue lo que quedó de la caja de herramientas, pudimos descubrir que no funcionaba la bomba de nafta. Le habían puesto el filtro después de la bomba y ésta recibió todo el óxido que venía del viejo tanque.

Mandé una nota pidiendo auxilio mecánico al ACA de Colonia 25 de Mayo (a unos 120 kilómetros), por medio de un gentil camionero. El cercano mediodía de Febrero se hacía sentir en el desierto. No teníamos agua. Al rato apareció la amarilla y única grúa de auxilio que poseía el ACA de 25 de Mayo. El conductor se detuvo porque le señalábamos el capot abierto. No había recibido la nota, que llegó después de su salida. Nos dijo que no volvería antes de un par de días y nos dejó una manguerita para chupar combustible.
Juntando alambres del costado del camino (es increíble la cantidad de cosas que hay tiradas al costado del camino), logramos atar el bidón de plástico a la visera del parabrisas. y cargario con el combustible que el Colorado chupó del tanque. La manguera abastecía de nafta en forma directa al carburador, lo que permitió reiniciar la marcha. Pero el bidón tenía una pequeña fisura, por la que goteaba nafta, que caía finalmente en el motor. Ante el peligro de incendio y de producirse éste, convinimos en tirar la camioneta inmediatamente a la banquina y saltar afuera para salvar los bolsos y las cañas, que estaban en la caja. El problema era que la puerta de mi lado se trababa y era muy difícil volver a abrirla. Viajé los siguientes 120 km. sosteniendo la puerta abierta con mi brazo derecho.

En Colonia 25 de Mayo, luego de tomarnos un par de litros de agua mineral y comer algo, fuimos a ver al concesionario del ACA, que se deshizo en disculpas, asegurando que nos mandó un aviso, a través de un automovilista, ante la imposibilidad de prestarnos auxilio.

No podían cambiar la bomba pues no tenían al1í un taller, pero en Catriel, a unos 15 km.Miguelito estaba aguardando nuestra llegada para hacerlo, gracias a su oportuna gestión.

Habiendo cargado combustible en el tanque y el bidón, partimos hacia el ta1ler de Miguelito, con la sensación de estar conduciendo el carromato de algún viejo circo.

El control del SENASA (Sanidad Animal, por la campaña contra la aftosa) nos detuvo en la ruta para preguntarnos si llevábamos algún producto cámico hacia el sur y fumigarnos con entusiasmo la camioneta. Pagamos la fumigación, mientras veíamos con inquietud, a pocos metros de allí, a la policía local controlando vehículos. Nadie nos paró.
Catriel es una pequeña ciudad rionegrina de unos 16.000 habitantes, que tiene pocos árboles y una heladería abierta a la hora de la siesta. Miguelito dormía, como era de esperar. A las cinco de la tarde este hombre serio y regordete nos cambió la bomba, regulé el carburador y salimos.
Era viernes y podíamos llegar con suerte el sábado por la mañana a Junín. La promesa de estar pescando pronto nos reanimó. Decidimos tomar por Añelo para evitar el embotellamiento del viernes en Neuquén y de paso esquivar controles policiales.

Acabábamos de dejar atrás el Dique Portezuelo Grande cuando tuvimos el placer de admirar el crepúsculo mas hermoso que yo hubiera visto en la Patagonia. La mitad del cielo estaba límpido, sin nubes, mientras que desde el Suroeste se aproximaba una tormenta eléctrica de nubes violetas. Los rayos del sol que se filtraban destacaban los volúmenes de fuego de los Cerros Colorados. En el embalse había patos y el viento era fresco.

El primer neumático se pinchó un poco más allá. Por suerte venía una camioneta con obreros de la presa que nos ayudaron a cambiarlo, bajo la tormenta de granizo. Suerte también, porque tenían un buen crique.
A los veinte minutos de marcha se reventó la goma recapada de Santa Rosa. Estábamos en medio de la Patagonia, de noche, sin crique ni goma de auxilio. Para colmo había “luz mala”. Acordamos que yo me quedaría a cuidar las cosas (defendido con mi Victorinox) y el Colorado haría autostop hasta Cutral Có -Plaza Huincul, donde haría arreglar las gomas ya la mañana siguiente me pasaría a buscar para reemprender la marcha.

Una pareja de alemanes se lo llevó, dejándome en medio de la noche reflexionando acerca del sorprendente resultado de la superposición de los pequeños efectos.

No podía dormir, pues dentro de la caja se había acumulado todo el calor del desierto. Intenté conciliar el sueño en la cabina, sobre el volante. A poco de cerrar los ojos, me desperté sobresaltado: se acercaba un vehículo con todas las luces prendidas, con un cartel luminoso amarillo con letras rojas que decía claramente TAXI. Tardé en relacionar la extravagante aparición urbana en la noche patagónica con la llegada de mi amigo, con las gomas reparadas y un crique prestado.

El crique no funcionó pese a los ánimos propiciatorios con que recordamos a los parientes del gomero de Cutral Có. El impasible taxista cobró sesenta pesos por el viaje y se fué.
De nuevo la noche en el desierto y sin poder levantar la condenada camioneta. Al rato paramos un vehículo en el que viajaba una familia mapuche.

El hombre que venía de padecer aventuras similares a la nuestra en una vieja Rambler, se ofreció a ayudar a cambiar la goma. Entonces sacó un crique de tijera, de ésos que tenía el Citroen, con una varilla larga, articulada en el medio. Sin que yo pudiera dar crédito a lo realizado, cambió la goma con la ayuda del Colorado. Exte-
nuados, reanudamos la marcha una vez más, agradeciendo la ayuda al lugareño. El hotel de Cutral Có fué el primero que encontramos y tomamos con la firme promesa de su propietario de disponer de agua caliente en el baño y un desayuno a las siete.

No es fácil empresa, en general, hacer cumplir lo convenido en nuestras tierras, pero fué mucho mas difícil en ese hotel. Después de ducharnos en el baño de la única habitación que recibía los favores de la caldera, que no era la nuestra, desayunamos ya las ocho salimos a la ruta.
El viaje fué apacible. A partir de Zapala tomamos la RN N° 40 y no tuvimos sobresaltos.
Cuidamos de llevar la camioneta a menos de ochenta, lo que demoró aun más la segura pesca del sábado. La ansiedad casi hizo estallar nuestros corazones al bajar la cuesta de La Rinconada bajo un mediodía soleado. Al llegar al periurbano de Junín de lo Andes, el motor volvió a detenerse, pero esta vez una rápida limpieza del filtro permitió llegar a la estación de ómnibus a retirar la caja de la comida. Nadie nos atendió, por lo cual decidimos irnos al Malleo, a media tarde, después de comprar algunas provisiones.

El sentimiento de frustración y el cansancio del viaje, que duró dos días y medio, no ayudaron a relacionarnos con el río y menos aún con las truchas. Al Colorado se le escaparon tres y yo clavé un poco de chiquitaje, además de caérseme un reel al agua, que pude, con trabajo, recuperar. Descubrimos que tampoco ~staba el farol en la camioneta y cocinamos algo olvidable, antes de dormir; El día domingo no fué mejor. En la estación de micros nos dijeron que la encomienda posiblemente hubiera sido bajada en Zapala (en realidad se extravió, lo supimos más tarde).
Dado el estado de nuestro vehículo, no era aconsejable usarlo para trasladarse a Bariloche. El estudio comparativo de los horarios de ómnibus, me convenció que era mas fácil viajar de Junín de los Andes a Honolulu que a Bariloche. Por cualquiera de las tres alternativas posibles, que incluían hasta tres trasbordos para hacer 170 km., la hora de arribo era siempre posterior a la salida de mi vuelo, lo que implicaba pernoctar en Bariloche y perder otro día más de hipotética pesca.

Después de hablarle a Marita para suspender su llegada, decidimos regresar en micro el lunes. En la terminal de ómnibus de Junín, nos robaron un bolso, con reels y cámara fotográfica. El viaje de regreso fue tan lamentable como era de suponer. Arribamos a Retiro el martes a las siete de la mañana, cansados y de pésimo humor.

Llegado a mi casa, entre los mensajes que acumulaba el contestador, escuché un recado que pedía que me comunicara con un señor al que no conocía. El automovilista que había partido de Colonia 25 de Mayo con la esquela del concesionario, avisándonos que no podía mandar el auxilio, consiguió mi teléfono en el automóvil Club y me llamaba para entregarme la nota.

R. P., Bs. As, Julio de 1996

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