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El juego de las bocas

Todo o nada. Frustraciones extremas o alegrías potenciadas al máximo. Sentimientos y sensaciones enfrentados irremediablemente como en la alegoría del Yin y el Yan.
¿Que símbolo más autentico del costado indómito de la trucha patagonica que las “Bocas”? Cuantos pescadores presos del delirante sueño del trofeo de su vida, se abandonaron al embrujo de sus aguas y su fiebre.
Hablar de ellas desde una óptica puramente técnica sería traicionar su esencia. Es por ello que me permití rescatar un viejo cuento que se remonta a mi alocada vida de estudiante en Bariloche. Cruza de realidad y ficción, el “juego de las bocas” es una postal de un tiempo irrepetible donde la inocencia era tan amplia como la estepa y un paquete de arroz y una carpa, bastaba para pescar cualquier punto de la cordillera.

Te odio y te amo. Te odio porque en tu impiedad soles tajearme con mis propias debilidades y te amo porque me arrancas las emociones más salvajes. No sos la chica sumisa y fiel con la que siempre puedo contar. Mas bien encajas en ese prototipo de meretríz fría y calculadora de la cual uno se enamora irremediablemente y que de puro cobarde nunca se atreve admitir. La que aunque lo niegue hasta morderme los labios nunca me puedo sacar de la mente.
Otra vez solo. Son las 7 p.m. y a paso tendido achico el kilometro y medio que me separa de la “Boca” del Limay. Ninguno de mis amigos con auto me hizo la gauchada de acercarme o acompañarme, pero no por ello iba a ceder ante el desafío. Sofocado por un manto de transpiración pienso en el tortuoso viaje de vuelta, en la hora de espera del micro, en las agujas punzantes de una helada que ya se insinúa;… en mi wader reparado infinidad de veces y que suele fallarme en el momento mas inoportuno. ¿Valdrá la pena semejante esfuerzo? Hasta el final del día nunca nadie podrá saberlo.
Por fin llego, miro de reojo hacia el Nahuel Huapi y descubro con sorpresa que la costa luce desierta. Cruzo el puente sobre la 237, acabo con los interminables metros que me separan de la barda, desarmo la mochila y me entrego a la ardua fajina de montarme las pilchas de pescador. El viento del este, sin llegar a embravecer el lago, lo risa suavemente. Con esos aires cruzados, que un diestro ponga una línea con posibilidades de pique no será tarea fácil.
El siseo de las hojas de los álamos teñidos de ocre parece decirme a gritos que ya es tiempo de marrones. Doy vuelta por la Piedra de Baruzzi y entro a la barda bien por la punta. Esta fácil por lo bajo de sus aguas y porque tras dos meses de vadeos ininterrumpidos, la roca se libró de esas algas verdes y resbaladizas. Sin embargo el simple hecho de cruzar un vistazo al bravo chupón me nubla de vértigo. Vadeo con el agua al pecho, cosa de disponer de un par de pasos ante un tropiezo. Pueda ser que esa simple precaución sea otro de los pequeños detalles que aun me mantienen con vida.
Una vez parado en el que creo es el mejor punto de pesca, flexiono levemente mis rodillas para resistir el embate de una corriente que insistentemente intenta arrojarme la tumultuosa garganta del Limay. Extiendo el amnesia, un poco rebelde al contacto con el agua fría y me dispongo a realizar el primer tiro. Me hallo en la “Gran Boca”, la meca patagonica de la pesca de streamers aguas arriba y en silencio doy gracias de disfrutar este raro elixir en completo estado de soledad. ¿Acaso será una muestra sutil del intrínseco egoísmo que pudre el alma de cada mosquero?
La adrenalina fluye por mis venas como en un animal que acaban de mandar al matadero. Tiro corto y nada. Alargo mis casts apuntando a los cerros bajos de enfrente sin mejores resultados. El viento puelche tiende a cruzarme la línea y mis primeros lances de distancia plena culminan pésimos. Reviso el líder; sus dos metros treinta son el convite ideal para los fatídicos nudos de viento.
Presentación, precisión y distancia todo junto.
Porque seré tan torpe resultándome todo tan difícil!!!
Las luces de Bariloche ya encendidas salen de su modorra como un puñado de brazas atizadas por la brisa. El cerro Catedral con sus puntas marfileñas enrojecidas semeja las fauces de un dragón dispuesto a fagocitarse cada una de las cosas que fueron ese día. El sol desaparece definitivamente, quedando apenas esa luminosidad espectral que anuncia la aparición de los trofeos más ansiados.
El paisaje me sume en un estado de ensoñación tal, que tengo el primer pique y lo pierdo. En mi bronca desparramo un manojo de palabrotas irreproducibles. Habrá sido la trucha más grande de mi vida!! Estoy en la boca y eso nadie nunca lo sabrá. Desoyendo esa inquietante voz interior trato de seguir casteando.
El viento de abajo cesa y los tiros empiezan a salirme tal como deseo. Después de cuadricular el chupón por enésima vez con cero respuestas, me invade la fétida desesperación de los últimos cinco minutos. Otra vez de vuelta a casa con las manos vacías, mascullando el sabor amargo de una chance mal aprovechada. Antes la muerte…….
Pongo mi mente en blanco y preparo el mejor back cast del que soy capaz. Una vez que la línea se extiende bien alta, llevo mi mano izquierda lo mas cerca del primer pasahilo y en medio de un shoot violentísimo, paro la caña a las once en punto. El shooting se cierra hasta el limite del colapso, depositando a lo lejos una Tarántula Marabu Muddler con la dulzura de una caricia. Su destino, una pequeña parcela ubicada 5 metros delante del perfecto colchón de agua que antecede a la barda, resulta el receptáculo de una trucha que a la distancia parece de dimensiones épicas.
La línea deriva unos metros y una sombra obscura lomea cerca del punto donde creo que navega mi mosca. Un cuarto de segundo después mi vieja caña para línea 6 se arquea con violencia, dejando escapar amnesia a velocidades supersónicas.
El salto de una enorme trucha marrón impregna mis retinas con un profundo contraluz que permanecerá nítido e imborrable hasta el responso. Sus curvas de ojiva nuclear y el ganchudo maxilar rozando la llana deformidad, la magnifican a niveles de un coloso. Inmerso en un acto que me parece infinitamente ajeno, el pistoletazo seco del impacto contra la superficie y el agudo chirrido del reel me devuelven a la realidad. Si corre hacia el chupón se acabo todo; incluida la trucha, la línea, el amnesia y quien sabe si también unos cuantos metros de backing.
Pongo la máxima tensión que me permite el equipo y la puntera de la caña se arquea hasta casi tocar el agua. Dos cabezazos violentos me recuerdan el calibre de mi adversario. La trucha hace un amague de encarar aguas arriba y la superficie estalla nuevamente. Después de varios rodeos inconclusos se clava con obstinada tozudez en el medio de la garganta del río. El riesgo es máximo. Accionando la caña a pleno, pero lentamente, intento por todos los medios que inicie un éxodo corriente arriba. Una plegaria de deseos reprimidos repiquetea en mi mente como un disco rallado.
Un soplo de alivio me serena; tras cinco minutos de una lucha completamente estática mi marrón remonta el Nahuel como si se tratara de una roca que milagrosamente ha cobrado vida. Pienso en mi cámara de fotos situada en el bolsillo trasero del chaleco y en la triunfante postal que sellará en la inmortalidad el instante sublime en que logre vararla. En la mitad de su lenta corrida siento un leve roce sobre una superficie rugosa. Un chasquido ahogado por el murmullo del agua me sacude como una daga removiéndose en lo más profundo de mi carne.
Absorto y con la mayor mueca de idiota que me permite el rostro, recojo la línea y contemplo el terminal mellado que flota en el aire, aunque solo lo mínimo requerido para entender lo sucedido y emprender con todo lo que me rodea a fuerza de patadas y puñetazos salvajes. En el medio de las convulsiones de un llanto seco, que duele mas que el rodar de miles de lagrimas, doy media vuelta hacia la costa. Mi bronca es tal que me la tomo contra cualquier objeto inanimado a mi alcance, con una saña solo equiparable a mi impotencia. En una escena que un observador imparcial vería cantada, me desparramo entre las piedras bolas de la orilla como si hubiera recibido la coz de un mancarrón desbocado. La caña se salvó de milagro, pero el dolor de media humanidad magullada y el agua de abril filtrándose en el wader terminan por pacificarme.

El cielo nocturno se cubre de estrellas y ahora si se hermanan con mis lagrimas.

Desde la óptica de un simple pescador podría tratarse de la más acongojante de las tragedias medievales. Por el contrario, ante el milenario fluir de los ríos no a sido ha sido mas que otro grano de arena en el interminable reloj del “Juego de las Bocas”. La pesca siempre da revancha, pero en esta amarga hociqueada no queda otra que pegar la vuelta y sanar las heridas en casa.
Hasta regresar e intentarlo. De nuevo. De nuevo. De nuevo….

Diego Flores

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