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Publicado
en Aire Libre de diciembre de 2006
Un
caracol peligroso
Producto
de las facilidades de la vida moderna, en cuanto a transporte de mercancías
y seres humanos, se ocasiona una extraordinaria migración y dispersión
de especies por el mundo que, en algunos casos, encuentran un nicho
ecológico y se radican en nuevos ámbitos, volviéndose
invasoras sin controles naturales pudiendo producir grave daño,
incluso con peligro de pérdida de especies vulnerables o en extinción.
De lo dicho se deduce que el ser humano se ha convertido en el más
eficaz transportador accidental de especies invasoras que dispersa por
todo el planeta, y considerando la enorme dificultad, para no decir
imposibilidad, de erradicación una vez instalada la especie ocupante,
es imprescindible articular una firme política preventiva apelando
tanto a la responsabilidad como al control y a la prevención.
En ocasiones anteriores la Asociación Argentina de Pesca con
Mosca ha hecho especial hincapié en los cuidados necesarios e
imprescindibles que se deben aplicar respecto de pescadores que ingresan
al país (incluso a pescadores argentinos que van a pescar a otros
países), quienes deben lavar sus botas de vadeo y waders, desinfectándolos,
atendiendo a la llamada “enfermedad del torneo”, que produjo una mortandad
de truchas arco iris en los ríos de Montana de aproximadamente
el 80% de su población.
Fiel con tal política, el Reglamento de Pesca Deportiva Continental
Patagónico vigente continúa con la prédica, pero
nuevos y graves acontecimientos aconsejan profundizar aún más
la cautela y prevención apelando a la divulgación, la
racionalidad del ser humano y el bien común.
En efecto, proveniente de Nueva Zelanda el diminuto caracol Antipodarum
de Potamopyrgus (5 mms.) se ha introducido en Australia, Europa y ahora
Norteamérica, dueño de una enorme tolerancia a la diversas
temperaturas y a la falta de alimento, se ha reproducido fantásticamente
los ecosistemas acuáticos de EEUU, cubriendo prácticamente
el fondo de la corriente con afectación de la biomasa del río;
por ende, modifica el ecosistema nativo y perjudica la proliferación
normal de los alimentos de las truchas.
El método de dispersión de estos moluscos, entre otros,
se basa en el transporte humano, y siendo tan diminutos se insertan
y quedan adheridos en los más recónditos rincones de las
botas de vadeo y costuras de los waders.
De allí que la manera de impedir que cualquiera de éstas
enfermedades azote nuestro ríos con consecuencias impredecibles
consiste en acentuar la prevención, apelando a la divulgación
y la conciencia pública, alertando a todos los pescadores, tanto
argentinos que pescan por el mundo como extranjeros que concurren al
país, con el propósito de que no ingresen a la Argentina
con waders o botas de vadeo utilizadas en otros lugares del mundo.
De tal modo podremos trazar una primera barrera de contención
contra la invasión biológica, y ello no debe ir en desmedro
de la pesca si se adoptan la medidas adecuadas para impedir el ingreso
de botas o waders usados en el extranjero. Así daremos un paso
importante para contener estos flagelos y mantener nuestras corrientes
de agua libres de plagas asegurando la sustentabilidad del recurso.
Por tanto, apelamos a la conciencia de los pescadores, ya sean nacionales
o extranjeros, a fin de que tomen conocimiento de los riesgos e implementen
los mecanismos necesarios para prevenir la invasión, y a la vez,
consideramos que las autoridades nacionales debieran tomar directa intervención
en el caso, y propugnamos que se debe evitar, e incluso prohibir, el
ingreso al país de waders y botas de vadeo usadas, atento los
riesgos que ello implica para los peces de nuestros ríos.
Comisión
Directiva
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